jueves, 17 de octubre de 2013


Memorias de un jubilado – N° 13

El señor de los discos

Papi lo busca el señor de los discos
Era el año 1963, estaba en mi último año de la escuela, y recuerdo perfectamente la emoción que me causaba la visita del señor que nos vendía los discos que se editaban en Guayaquil, él viajaba en los barcos –no había carretera Machala-Guayaquil– y cumplía con cualquier encargo que se le hacía, y siempre se lo veía caminando por las calles polvorientas de Machala de esa época y bajo soles ardientes buscando la sombra de los soportales, con su maletín y algunos discos bajo el brazo, ya que en Machala no existía ningún local dedicado a venderlos.
En todas las radios de Guayaquil  se escuchaba la propaganda de J.D. Feraud Guzmán, que iniciaba con el sonido del saxo de Big Sam Morowitz en la famosa “Harlem nocturno”, y en seguida la voz del anunciante:
–“Haga del disco su mejor regalo..… J.D. Feraud Guzmán”–
Me parecía algo fantástico, me imaginaba tener en un solo local toda la música del mundo que se escuchaba en las radios, y poder sentir uno a uno, en mis manos los discos en formato Long Play, y comprar aunque sea uno a la vez, para tenerlo en la casa y escucharlo en la “Radiola JVC” que tenía mi padre en casa, allí empecé a valorar la música como algo especial en mi vida, y desde luego tenía mis preferencias, crecí admirando a Los Iracundos, y a los Beatles –gracias al señor de los discos pude tener el primer disco de los Beatles que grabara IFESA en Ecuador–, y más tarde mis preferencias se fueron hacia el rock clásico de Led Zeppelin, The Doors, Creedence Clearwater Revival, pero poco a poco me daba cuenta que conocía exactamente las letras de los tangos argentinos, de tanto oírlos cantar a mi padre cuando escuchaba sus discos, algunos con letras muy difíciles pues estaban escritos en “lunfardo” la jerga de Buenos Aires      
–“Cuando rajés los tamangos / buscando ese mango / que te haga morfar...” – (Cuando dañes los zapatos buscando ese dinero que te haga comer)
Y siempre, hasta ahora, o hasta el fin, apreciaré en sumo grado, la antigua “Melodía de arrabal”:
–“Viejo... barrio... /perdoná si al evocarte /se me pianta un lagrimón, /que al rodar en tu empedrao /es un beso prolongao /que te da mi corazón.
Cuna de tauras y cantores, /de broncas y entreveros /de todos mis amores; /en tus muros con mi acero /yo grabe nombres que quiero: /Rosa, la Milonguita... /era rubia Margot... /en la primer
cita /la paica Rita me dio su amor.”
Las letras de los tangos eran historias de amores y desamores, que al cursar los primeros años del colegio, me sacaban de la realidad de esa Machala antigua, y me llevaban a donde mi imaginación quería, historias que se incrementaron cuando empecé a ser cliente asiduo del cine Popular, ubicado convenientemente a una cuadra de mi casa en la calle Sucre, y pude apreciar las viejas películas de Carlitos Gardel  –en blanco y negro desde luego–, allí en sus bancas largas de madera, no habían butacas en este cine, podía verlo cantar las canciones que en la radiola de mi casa sólo podía oir, y la satisfacción era completa. Enrique Santos Discépolo, uno de sus máximos poetas, definió al tango como un pensamiento triste que se baila, algunos lo consideran un acto sexual elegante que se ejecuta bailando, pero de cualquier manera se impuso en el mundo entero.
Escuchaba a mi padre cantar los tangos argentinos de los discos que ponía en su radiola cada vez que regresaba de su trabajo, pero no sólo de Carlos Gardel  sino también de las grandes orquestas argentinas de Aníbal Troilo, de Alfredo de Ángelis, Francisco Canaro, Miguel Caló y desde luego del “Varón del tango” Julio Sosa –uruguayo, para desgracia de los argentinos–. Por eso, cuando terminaba el colegio en 1969, y las autoridades programaron la gira de graduación de un mes por Buenos Aires y Santiago, realizando actividades durante todo el año para financiar la gira, mi padre que me apoyó en todo, me dijo:
–Vas a realizar el viaje que siempre he querido hacer–
Y pude disfrutar Buenos Aires en febrero de 1970, tenía 17 años  y una visión juvenil, junto con mis compañeros del San José-La Salle, que no me permitió conocer el verdadero Buenos Aires, el de los tangos, hasta que en octubre de 1986, debí viajar otra vez para asistir a un Seminario de Puertos y Vías Navegables, enviado por Autoridad Portuaria de Puerto Bolívar, y viajé con Nelly, y ahora sí, conocimos el mundo del tango, directamente en los barrios porteños en donde nació. Mi padre, por fin pudo conocer Argentina en 1975, y cumplir su viejo sueño, junto a mi madre, y regresaron otra vez, años después, a seguir disfrutando de Buenos Aires y del tango que durante toda su vida lo había cantado.

Pero tengo guardado en mi memoria, que no solamente eran los tangos los que ponía mi padre en su radiola, sino también la música italiana clásica: O sole mío, Torna a Sorreto, Funiculí Funiculá, Al Di La, Arrivederchi Roma, y la famosa Volare: “Nel blu dipinto di blu”, que años más tarde, en junio del 2009, disfrutáramos con Nelly y nuestros amigos Panchito y Saharita, Lucho, Loly y Jimena, en la “Noche Florentina” en uno de los lugares más bellos de Florencia: “La Certosa“, ubicado en una de las colinas de la ciudad “Cercina”, frente a un antiguo monasterio benedictino. Pero el disco italiano que más recuerdo es el de Renato Carosone: Guaglione, O sarracino, Chella lla’, La panse, Maruzzella, Luna rossa, Pigliate ‘na pastiglia, que años después, gracias a los programas que permiten bajar música, he podido reunir todas estas canciones en un archivo mp3 de música italiana, que cuando lo escucho vuelve a mi memoria la antigua radiola JVC y los discos de mi padre.

Nunca supe el nombre del señor de los discos, hace unos meses les pregunté a mi madre y a mi hermana si lo recordaban, y me contestaron que no, no sabían de quién les hablaba y menos podían recordar su nombre, de manera que, no puedo hacer otra cosa que recordarlo como “El señor de los discos”, que permitió que mi padre le comprara sus discos en una época en que no había un almacén de música en Machala.
Cuando por fin se inauguró la carretera Machala-Guayaquil el comercio empezó a cambiar y se instalaron los almacenes de música, recuerdo el del amigo Andrés Pacheco, ubicado junto a TAME, a donde concurría habitualmente para adquirir mis discos, ya se imponían Sandro, Favio, Alberto Vásquez, Los Iracundos, y mi padre empezó a comprar los discos en 4 fases, que presentaban un sonido espectacular por la forma de grabación, era lo máximo en ese entonces, y recuerdo el disco de Ronnie Aldrich y sus dos pianos, y especialmente “Gypsy” de Werner Müller con las mejores canciones de todas las épocas: Czardas, Rapsodia Húngara N° 2, Dos guitarras, Zorba el griego, Ojos negros.

 
 
Ahora las tengo a todas, nuevamente a mi disposición, lo que antes era el disco de 4 fases en la radiola de mi padre, ahora es un archivo en mi computadora y un CD en mp3 en mi carro, que continuamente estoy grabando, de acuerdo a mis preferencias momentáneas, que casi siempre se dejan llevar por lo que dictan los laberintos de mi memoria, disminuida a veces, por lagunas mentales propias de la edad, pero que están siendo combatidas con estos escritos en mi blog Memorias de un jubilado, antes de que llegue la pérdida total de los recuerdos.
 
Tengo muchísimas formas de recordar a mi padre, él me enseñó tanto durante toda su vida, desde que veo mi primera imagen en el espejo al despertarme, lo veo a él, –dicen que me parezco un poco, siempre respondo tal vez en lo físico, porque en lo espiritual estoy muy lejos– pero por sobre todo, lo recuerdo  con el ejemplo de vida que me dio, por eso me golpeó tanto la llamada que recibí años atrás del Dr. Hugo Sánchez Director Técnico de SOLCA Machala, cuando me explicó que mi padre, siendo Presidente de SOLCA, se había realizado exámenes rutinarios cuyos resultados eran confusos y me pedían que lo lleve al laboratorio para tomar otras muestras de sangre. No quería entender, mi mente lo rehusaba, sentía que mi cabeza iba a estallar, recuerdo haber dicho ¿Por qué yo?  y le pedí al doctor que me explique lo que trataba de decir:
–Don Galo tiene Leucemia, y queremos hacer otros análisis para confirmarlo, pero no nos atrevemos a decírselo, por eso le pido que lo traiga, diciéndole que las muestras anteriores no sirven, están contaminadas–
–No creo que resulte–  le contesté –tengo que decírselo directamente, él no se merece un engaño–
Cuando confirmaron la noticia, nos alentábamos con mi madre y mi hermana Patricia, en el sentido de que, muchas personas con esta enfermedad pueden seguir haciendo su vida normal durante muchos años. Me lo dijo también el primer médico que lo trató, en Quito, cuyo nombre no recuerdo, pero tenía entre sus pacientes a ejecutivos con esa enfermedad, durante muchos años –nos daba esperanzas de vida–.  Un domingo cualquiera de ese entonces, acudió en la mañana a casa de su hermano Servio, allí estaban reunidos desayunando, varios de sus hermanos, Winston y Martha, Dula, Josefina, y desde luego Servio y Yolanda, y les dio la noticia sin que se le corte la voz, con toda serenidad,  pidiéndoles que lo acepten como algo natural y sin lamentaciones –él no quería causar problemas a su familia a la que tanto quería–
Y comenzó una larga batalla acompañado siempre por mi madre, en los tratamientos en SOLCA Guayaquil, hasta aquel día 26 de marzo del 2001, cuando en su cama, se nos fue –pero se nos fue para ya nunca irse de nosotros–. Al siguiente día en el altar de la Catedral de Machala, completamente llena, junto al féretro de mi padre, pronuncié la oración más hermosa que existe para despedir a un ser querido “Silencio y paz”, me la había sugerido una de sus primas más queridas Hipatia Paladines de Chavarría, me la había aprendido durante el velorio, y no sé de dónde saqué fuerzas para decirla, mirando continuamente a mi madre y a mi hermana, pues la batalla había terminado:
“Silencio y paz, /fue llevado al país de la vida. / ¿Para qué hacer preguntas? /Su morada, desde ahora es el descanso, /y su vestido la luz para siempre. /Silencio y paz. ¿Qué sabemos nosotros.”
Dios mío, Señor de la historia, /y dueño del ayer y del mañana, /en tus manos están las llaves de la vida y de la muerte. /Sin preguntarnos /lo llevaste contigo a la morada santa, /y nosotros cerramos nuestros ojos, /bajamos la frente /y simplemente decimos: Está bien, Así sea…”
No creo que pase un día sin recordarlo, lo extraño tanto, estaba tan acostumbrado a verlo como un amigo incondicional y como un padre amoroso con sus hijos, siempre junto a mi madre, y no dejo de admirar –ahora que soy abuelo– la capacidad que tenía para hacerse querer de sus nietos y para amarlos totalmente. Sus hermanos eran tan importantes para él, que no dejo de recordar el respeto con que los trataba, jamás vi en él una muestra de inconformidad con alguno de ellos.
–Eran ocho hermanos, ahora sólo quedan tres–
Y me quedó para siempre su música, no cualquier disco heredado, sino su gusto por la música, como una herencia íntima que me permite regocijarme en su memoria.
Seguramente nunca sabré quién fue el señor de los discos, pero si estoy seguro que el Señor de la música en mi vida, fue mi padre, Galo Córdova Polo.
"La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla"
Gabriel García Márquez

lunes, 7 de octubre de 2013


Memorias de un jubilado – N° 12
“Hilaré mi nostalgia…Parte II”
Sabía que nunca más iba a regresar al “Rancho Alegre”, comprendía que la vida había cambiado, ya no más reuniones con mis amigos “Los Indomables”, ya no más los panes de dulce suavecitos o palanquetas crocantes recién salidas del horno, calientitas, que degustaba en las madrugadas de los sábados caminando hacia mi casa, después de una larga jornada en el Rancho y una parada obligatoria en la panadería contigua, de la cual nunca supe su nombre, pero su recuerdo perdura en mi memoria, como tantas otras cosas de mi vida de soltero, que terminaron el 7 de agosto de 1976, cuando me casé con Nelly en el Templo Faro de Puerto Bolívar, frente al mar  –bueno, en realidad frente al Estero Santa Rosa– sintiendo y disfrutando el aire marino al salir de la iglesia, que podía ser presagio de una vida plena.
Por eso, cuando llegamos por primera vez al bar El Rodeo, ubicado en Urdesa, en Las Lomas y la Primera, junto al cine Maya, de tan gratos recuerdos, sentía una sensación de continuar disfrutando de las cosas buenas que nos da esta vida, –me decía a mí mismo: ¡vamos a lo nuestro!– al empujar sus pequeñas puertas abatibles de madera, de color oscuro, exactamente iguales a las de una cantina del viejo oeste, las había visto en las películas de los “spaghetti western” de Clint Eastwood, Guiliano Gemma, Franco Nero, o en los comics de mi niñez, que leía y releía tantas veces como quería, dejando volar mi imaginación: El Llanero Solitario, Hopalong Cassidy, Red Ryder.  Nos hicimos clientes frecuentes del Rodeo con Nelly y con nuestros buenos amigos de toda la vida Carlos y Priscilla Henríquez, y cambié –sin darme cuenta– las canciones preferidas de la rocola del “Rancho” por la música del “Rodeo” que, por suerte, la ponía un tipo con un muy buen gusto musical, allí se escuchaba todos los sábados las canciones en inglés de Albert Hammond y especialmente su L.P. editado en 1976 titulado “My spanish album” con boleros y rancheritas con un toque moderno que ponía a cantar a todos los asistentes, entre otras canciones: Que seas feliz, Espérame en el cielo, Fallaste corazón, Nosotros, Échame a mí la culpa, Ella: –“…Me cansé de rogarle,/ me canse de decirle, /que yo sin ella de pena muero, /ya no quiso escucharme,  /si sus labios se abrieron, /fue pa' decirme ya no te quiero… 

La noche en el Rodeo, encendida ya con la música de Albert Hammond, llegaba a su punto más alto cuando ponían las canciones del grupo español Tradición, de su L.P. “Tradición Canta al Ecuador”: Sombras, Guayaquil de mis amores, Vasija de barro, Manabí, Alma lojana, Van cantando por la Sierra, Lamparilla, entre otras, con un ritmo juvenil que entusiasmaba y aumentaba el consumo de las cervezas Club verde en la misma proporción que el volumen del canto de todos los asistentes: “Tierra hermosa de mis sueños, /donde vi la luz primera, /donde ardió la inmensa hoguera /de mi ardiente frenesí.…” 

Al final de la jornada, a cualquier hora de la madrugada, siempre estaba esperándonos un “chili con carne” bien caliente y picante, con galletas “Saltinas”, crocantes y saladitas, en el “Rey Burger”, un local ubicado en la esquina de la explanada del estadio Modelo Guayaquil, con estilo americano y con servicio al carro, que permitía de una manera digna y revitalizante  acabar una buena noche de farra.
Vivimos en Guayaquil desde agosto de 1976 hasta agosto de 1978, fecha en que regresamos a Machala con un contrato para supervisar la construcción del Muelle Marginal en Autoridad Portuaria de Puerto Bolívar. Solamente dos años, que en los laberintos de mi memoria parecían mucho más, por una sola razón, la pasamos tan bien en Guayaquil que nos dolió dejarlo. Vivíamos en Urdesa, en Bálsamos y la Quinta, cerquita del Rodeo y del Cine Maya, en una habitación en la casa de la señora Emilia Cañizares, como pensionistas, al igual que algunos de mis primos, desde allí salíamos todos los sábados o domingos en las bicicletas que nos compramos y pedaleábamos hasta los Ceibos, y en algunas ocasiones decidíamos ir a Playas en nuestra camioneta Isuzu a disfrutar del mar y la arena, y de las ostras estimulantes.
Nelly ingresó a la Universidad Católica en mayo de 1977 para estudiar Economía, pero se topó con su primer obstáculo, el profesor de Matemáticas era Nicolás Escandón, y tenía la pésima costumbre de preguntar a sus alumnos de que colegio provenían, para saber si tenían las bases suficientes, cuando le tocó el turno a Nelly y dijo que se había graduado en el colegio La Inmaculada de Machala, su respuesta podía desalentar a cualquiera,  fue terminante:
–No pierdas el tiempo, busca otra carrera–
Lo que él no sabía es que yo iba actuar como su profesor particular, –en varios aspectos– y todas las noches combinábamos nuestras actividades al volver a nuestra habitación.  Nicolás Escandón había sido mi profesor de matemáticas en 5° y 6° curso FIMA del San José-La Salle y en los primeros años de Ingeniería Civil en la Católica y me conocía perfectamente, y yo conocía sus métodos. En el primer examen, que desde luego salió muy bien –para su sorpresa–, él ya se dio cuenta de la clase de estudiante que era y buscó su amistad, más aún cuando se enteró que estábamos casados, aprobó el primer año sin problemas y empezó el segundo, y cuando fuimos a despedirnos de él pues volvíamos a Machala en agosto de 1978, me increpó diciéndome que no tenía derecho a truncar su carrera, que me vaya a trabajar a Machala y que la deje terminar sus estudios en Guayaquil.  –Pero las noches eran tan frías, que preferimos dormir juntos, además algunos compañeros de Nelly, sabiendo que estaba casada comenzaron a llamarla con el nombre de aquel famoso bolero: Señora Bonita
A los pocos meses decidimos buscar un departamento pequeño para vivir completamente solos y encontramos algo que en ese entonces nos parecía lo mejor, y lo alquilamos, era un departamentito de dos ambientes, ubicado en la Ciudadela  Ferroviaria cerca del puente Cinco de Junio, frente al estero Salado –el fuerte olor del lodo en la baja marea me ha seguido toda la vida– una habitación era nuestro dormitorio junto al baño, y el otro ambiente era todo, no había más, sala, comedor, cocina, pero como no teníamos nada, estaba vacío. Lo único que teníamos era la cama que había mandado a hacer antes de casarnos, y una cómoda de mi época de soltero, que nos sirvió para dividir el pequeñísimo espacio destinado a la cocina, como comedor nos sirvió una mesita redonda pequeña con cuatro sillas que nos regaló mi suegra, y para la sala adquirimos nuestro primer juego de muebles, que aún ahora  nos parece bellísimo: un pequeño juego de mimbre de un sofá de tres puestos y dos individuales, además de una mesita  y una repisa vertical. Este juego de mimbre todavía existe, se lo regalamos a Naty que nos acompañó durante tanto tiempo trabajando en nuestra casa, con excepción de la repisa vertical que la conservamos en perfecto estado como un recuerdo de nuestro primer departamento.
La vida de recién casados en ese departamento nos dejó sólo buenos recuerdos, allí nos reuníamos con nuestros amigos Carlos Henríquez y Priscilla, Fernando Armas y Vilma, Gina Henríquez, en alguna ocasión Nicolás Castro y Mariquita, mi hermana Elenita de Fátima y su enamorado Javier Freile, que siempre nos ayudaba, al ver que no había en donde sentarse, sacaba el asiento de su antiguo carro Citroën –similar al que tiene el papá de Mafalda– y lo llevaba a la sala, y la noche se salvaba pues entraban tres personas en el asiento, y podíamos estar todos sentados. Era la época de las guitarreadas, Fernando llevaba su guitarra a todas partes y cantaba y hacía cantar todas las canciones que nos gustaban, hasta la hora que sea necesaria, boleros, baladas, pasillos y especialmente rancheritas, cantábamos El Rey, y enseguida la contestación: “…y tú que te creías el Rey de todo el mundo…”, y nunca faltaba en nuestras reuniones, “Un mundo raro”:
Cuando te hablen de amor y de ilusiones,  /y te ofrezcan un sol y un cielo entero, /si te acuerdas de mí no me menciones, /porque vas a sentir amor del bueno…
Pero también cantaba temas folclóricos argentinos y lo hacía de la mejor manera, especialmente una canción de Atahualpa Yupanqui que debió ser su preferida pues la cantaba y declamaba en todas las reuniones y hasta hizo que me la aprendiera de tanto oírla, a pesar de ser una letra difícil, la canción se llama “Milonga del peón del campo”:
Yo nunca tuve tropilla, /siempre e montao en ajeno. /Tuve un zaino que, de bueno, /ni pisaba la gramilla. /Vivo una vida sencilla, /como es la del pobre peón /madrugón trás madrugón, /con lluvia, escarcha o pampero, /a veces, me duelen fiero, los hígados y el riñón.
Soy peón de La Estancia Vieja, /partido de Magdalena, /y aunque no valga la pena, /anoten, que no son quejas: /un portón lleno de rejas, /y allá, en el fondo, un chalé. /Lo recibirá un valet, /que anda siempre disfrazao, /más no se asuste, cuñao, /y por mí preguntelé...
Muchas veces me he preguntado ¿por qué todo esto tenía que terminar? Así es la vida me contestaba
El departamento estaba tan bien ubicado, cerca de todas nuestras actividades, Nelly había empezado a trabajar en la Financiera Guayaquil, en el edificio del Núcleo de Ejecutivos en el barrio Orellana, yo trabajaba en Consultoría Técnica, en el mismo barrio Orellana, cerquita de la ciudadela Ferroviaria que quedaba al lado de la Universidad Católica en donde los dos estudiábamos, y estaba cerca del Rodeo en Urdesa y de otro local que frecuentábamos, que se llamaba La Tapita, nombre irónico pues sólo vendían cerveza de barril, es decir, allí no habían tapas de botellas –a no ser que llegue un tipo raro y pida una Coca Cola, me dijo Carlos recientemente, lo cual hubiese llamado la atención, pues todos los asistentes tenían su jarro de cerveza en la mano–.  Estaba ubicado en la ciudadela El Paraíso, en la avenida Carlos Julio Arosemena, las mesas eran largas de cuatro tablones y bancos largos de madera en vez de sillas, al final de la noche debe haber dolido la espalda pero el hecho de haber pasado la noche tan bien con nuestros amigos y el grado alcohólico en el cuerpo, hacían olvidar la incomodidad.  
– ¡Éramos tan jóvenes!–
Para poder realizar mi tesis de grado tuve que retirarme de Consultoría Técnica por seis meses, y mientras Nelly estaba en su trabajo me dedicaba completamente a mi tema “Comparación de dos métodos de cálculo y de un programa de computadora para determinar hasta que altura debe llegar un muro de hormigón armado estructural, en edificios de más de diez pisos”. El tema me lo sugirió mi jefe el Ing. Francisco Vera González socio del Ing. Carlos Cruz en Consultoría Técnica, con quienes aprendí tanto de las estructuras que me sirvió para toda la vida. Allí trabajé con Carlos Henríquez, Don John Palacios, Carlos León, Carlitos Quimí, Lucho Polo, “Veneno” Torres y el recordado “Camelín”, y compartimos  muchísimas horas de trabajo, durante el día o la noche, sin horario, sólo con la responsabilidad de entregar el trabajo a tiempo, pero también compartimos –mientras estaba soltero– muchísimas cervezas en los bares vecinos a la oficina. 
Cuando me gradué de Ingeniero Civil en febrero de 1978 regresé a Consultoría Técnica y el Ing. Vera me entregó los planos arquitectónicos del Proyecto Edificio San Francisco 300, de 26 pisos de parqueos, oficinas y departamentos, de 94 metros de altura, el más importante que se iba a construir en ese entonces en Guayaquil, en la avenida 9 de octubre entre dos calles General Córdova y Pedro Carbo, y simplemente me dijo:
–Javier, toma este proyecto y aplica tu tesis–
Después de varios días de trabajo le entregué el análisis estructural y él se encargó de diseñarlo, y se comprobó que el muro de hormigón estructural en el centro del edificio, no debía llegar hasta el piso 26 pues presentaba un comportamiento errático en caso de sismo, llegó solamente hasta el piso 23. El edificio se construyó posteriormente y cada vez que paso cerca, levanto la vista hacia el piso 23 y me digo a mi mismo: ­–yo sé que hasta ahí llega el muro–
Ahora, luego del tiempo transcurrido vemos que fue un error salir de la ciudadela Ferroviaria y cambiarnos a un departamento más grande, de tres dormitorios, pero en el extremo sur de la ciudad, en uno de los bloques de La Pradera, –primero El Rancho, después el Rodeo y por último La Pradera, el oeste americano ligado a mi vida– necesitábamos una hora para llegar al barrio Orellana, tomando calles secundarias, evitando semáforos pero incrementando los riesgos en cada esquina en donde no se respete un pare, tanto, que poco a poco fuimos pensando en el regreso a Machala, sabiendo además, que en algún momento íbamos a planificar tener hijos, y que lo mejor era regresar.
Al día siguiente de nuestro matrimonio, el domingo 8 de agosto de 1976, salimos del hotel rumbo a Salinas, mis padres nos habían regalado los pasajes a Miami, pero conseguimos asientos en el vuelo del miércoles 11 de agosto, de manera que teníamos que esperar algunos días, cuando se enteró de ésto, Augusto Correia “el portugués”, nos invitó a la suite matrimonial del Hotel Miramar en Salinas, que en esa época administraba, con champagne francés en la habitación y todos los mariscos que quisiéramos. Era temporada de sierra, hacía frío, había poca gente y se podía disfrutar caminar por la playa durante el día y por el malecón durante la noche. –No podía haber mejor comienzo para nuestro matrimonio–
En Miami Beach nos hospedamos en un hotel pequeño de la playa –se llamaba Sagamore– y disfrutamos de nuestro primer viaje, luego volvimos varias veces, primero con nuestras dos hijas y luego con las tres, en mejores hoteles, y siempre con el recorrido hasta Orlando, pero ningún viaje se puede comparar con el de la luna de miel, “sin horario, ni fecha en el calendario”. El viernes muy temprano en la mañana, llamaron por teléfono a la habitación para advertirnos que nadie podía salir del hotel, una tormenta tropical golpeaba a Miami y toda la ciudad estaba advertida. El viento era tan fuerte que levantaba el agua de la piscina de un lado al otro, a pesar de que estaba en un nivel medio. Nos pidieron disculpas por teléfono y nos recomendaron no salir de la habitación, yo simplemente le respondí:
–Señorita no tiene por qué disculparse, no va a ser ningún problema para nosotros pasar encerrados, es nuestra luna de miel–
 
"La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla"

Gabriel García Márquez

 

miércoles, 4 de septiembre de 2013


Memorias de un jubilado – 11
Hilaré mi nostalgia…
– ¡Walter, dos más!
Así transcurrían las largas noches de los sábados de los últimos años de la década de los 60’ y los primeros años de los 70’, Walter Sernaqué era el propietario del salón de bebidas “Rancho Alegre”, ubicado en la calle Ayacucho y Arízaga, frente a la piscina de la federación, – ahora es un coliseo de deportes–  y nos conocía a todos, pues volvíamos una y otra vez, cada fin de semana, por la música que tenía en su rocola, por las “Pilsener” que siempre estaban “muertas de frío” y porque al terminar la jornada, a cualquier hora de la madrugada, el olor a pan recién salido del horno de leña, de la panadería contigua al Rancho, inundaba los sentidos, alegraba el espíritu, y permitía una recuperación parcial, al regresar a casa saboreando una funda de panes de dulce o palanquetas calientes.
Al llegar al Rancho, Walter nos ponía junto a la mesa una jaba vacía de cervezas , para ahí colocar las botellas que se iban consumiendo, al final hacíamos una “vaca” para cancelar la cuenta contando las jabas –matemática práctica, considerando el grado de alcohol en la cabeza–. Pero la tranquilidad de una noche de conversación de amigos, generalmente sobre las incidencias de nuestros partidos de futbol o sobre las posibilidades inciertas que tenía alguno de nosotros para conquistar a alguna chica, podía verse interrumpida por algún vecino de mesa, que simplemente provocaba que alguno de los nuestros diga  –Ese hijoeputa me está mirando mal– y bastaba eso para provocar una pelea, sobre la cual no había garantía alguna. Lo mejor era evitarlas.

Uno de los riesgos mayores estaba en el momento de ir al baño, tenías que ir solo, y lo mejor era levantarse de la mesa desafiando a todos, especialmente a los de aquella mesa en donde se advertía un mayor peligro por sus fachas, para ello nada mejor que la mirada de Clint Eastwood, lo habíamos visto en el cine, en El bueno, el malo y el feo, Por un puñado de dólares y La muerte no tiene precio, que dirigió Sergio Leone en los años 60’, –la época de los “spaghetti western”–  y luego como Harry Callahan en la serie de películas de Harry El Sucio de los años 70’, y sabíamos cómo miraba, arrugando un poco la nariz, y desviando un poco la boca hacia el lado izquierdo, como si todo le apestara, como si no le importara su vida, antes de eliminar a sus enemigos, y en el Rancho esa mirada podía provocar que los desafiados miren hacia otro lado y sigan en su conversación, y pueda uno, ir tranquilo a resolver sus necesidades urgentes.
Preferíamos el Rancho Alegre, aunque también concurríamos al Sucre, en donde alguna tarde nos aceptó un vaso de cerveza el padre Manuel Estomba, quien nos conocía desde la escuela, al Arenal del gordo Virgilio, con piso de tierra endurecida con un fuerte olor a cerveza, vómitos y orines, mezclados con el aserrín con el que se trataba de disimularlos, al Agachadito, en donde de verdad había que agacharse un poco para poder entrar sin golpearse la cabeza, y al Imán, de un conocido nuestro, de apellido Reyes, pero siempre volvíamos al Rancho, en donde se sentía una mayor tranquilidad para saborear una bebida de moderación.
 
Y así transcurrían los fines de semana en esa época, con pocas variaciones entre uno y otro. Pero todo cambió la mañana del domingo 10 de septiembre de 1972 –con chuchaqui incluido– cuando Mami me despertó enseñándome una foto en el periódico.
–Mira, de una chica así deberías enamorarte– me dijo enérgica, pues sabía en lo que yo andaba.
  Era una candidata a Reina de la Feria del Banano que asomaba entre las ramas de los árboles de algún bosque desconocido, pero  que mi imaginación lo hacía ver como un bosque encantado, después del efecto que provocó en mí la chica de la foto con su mini vestido negro, ella era Nelly Wilches A., lo decía el pié de la fotografía. Ella ganó y fue Reina de la Feria y la foto la recorté y la conservo todavía pese a los estragos del tiempo en el papel periódico, estuvo guardada 40 años en una caja metálica de galletas danesas, desde el año 1972 hasta el 2012, junto con las cartas que se originaron posteriormente, ahora la tecnología me ha permitido escanearla y conservarla digitalmente, en mi computadora y en mi celular.

Fue el domingo 27 de mayo de 1973 cuando me decidí a hablarle de amor, eran las cuatro de la tarde, ya tenía que irme a Guayaquil pues el lunes tenía clase de Cálculo Integral a las siete de la mañana, y me atreví a llamar al teléfono de la Clínica Wilches, no había otra manera, ya había rodado su calle una y otra vez, durante meses, y por su mirada podía comprender que tenía alguna esperanza. Utilicé algunas frases románticas y me dijo que si, y regresé a Guayaquil, pero ahora todo era distinto, de repente la carretera y el paso por los pueblos, se habían transformado en un recorrido turístico, esa noche no pude dormir, sólo pensaba en llamarla al siguiente día. Pero no podía imaginar todo lo que me esperaba.
–Aló, buenas tardes, por favor, puedo hablar con Nelly –
–No, no está– me contestaba el Dr. Wilches. –y nunca estaba! – Todas las tardes llamaba y me decían lo mismo –No, no está– Y claro, el único teléfono estaba en el escritorio de la clínica y ella no estaba allí, y el Dr. no podía dejar de atender a sus pacientes. Y aun cuando, en algún momento la hubiesen llamado para que atienda el teléfono, cómo podría ella hablar de amor, si a su lado algún paciente se quejaba de sus dolores con su padre, el Dr. Wilches.
Al siguiente fin de semana volví a Machala y pude hablar con ella en la puerta de su casa, y comenzó una historia de amor, en una época distinta a la actual, no existían los celulares, no existían los emoticones –que tanto daño le han causado al idioma–,  no existía el internet, incluso el teléfono convencional tenía muchos problemas, que en mi caso se agravaban por el sitio en que estaba ubicado. Entonces decidimos que lo único que podíamos hacer para expresar nuestro amor mientras yo estaba en Guayaquil, era volver al pasado, trasladarnos a aquella época de las cartas manuscritas, y empezamos a escribirnos una vez a la semana, yo lo hacía el lunes, ella contestaba el martes o miércoles, y nos veíamos el fin de semana, que decidí alargarlo, para encontrarnos también el domingo en la noche, viajando en los terroríficos buses de CIFA de las tres de la mañana de los lunes, llenos de contrabando de la frontera, para llegar directamente a mi clase de las siete de la mañana en la universidad.
Para nuestra correspondencia utilizamos la compañía de avionetas CEDTA, que en Machala tenía su oficina en las calles Rocafuerte y Páez, eran avionetas pequeñas para cinco pasajeros, que simplemente se encomendaban a Dios al despegar. Algunas veces viajé en ellas, se habían caído otras tantas, pero habían podido aterrizar en los muros de las camaroneras que se veían en buena parte del trayecto, el riesgo mayor estaba cuando volaban sobre el mar y cuando llegaban a Guayaquil, en donde podía uno imaginar el impacto contra los edificios y casas por donde pasaba, y hasta los titulares de los periódicos del siguiente día: “Entre las victimas irreconocibles y calcinadas se encuentra un joven estudiante universitario…”
Las noches de los sábados, desde luego, después de una despedida que cada vez se hacía más difícil, me encontraba con mis amigos en la banca del parque y nos íbamos caminando al Rancho Alegre, a lo nuestro, hasta terminar comiendo panes por las calles de Machala, a cualquier hora de la madrugada. Más de una vez fui con algún amigo en mi carro, que en esa época era una pequeñísima camioneta Mazda 360  –con cariño la llamábamos “La Mazdita”– a darle serenata con el toca casete, cantando con mis amigos, con voces embriagadoras –embriagadas–, especialmente una canción de José José que en ese entonces estaba de moda: “Como podré Reina mía expresar este amor, /que me da la vida, que me da ternura/ y alienta en mi alma el deseo de vivir…”
Al cumplir el primer mes le regalé una rosa –la influencia de Leonardo Favio era evidente, O quizás simplemente te regale una rosa– y fui aumentando una cada mes hasta cumplir el año, pero existía un grave problema, tenía que ser el día mismo, cada 27, y la mayoría de esos meses, en esa fecha estaba en Guayaquil en la universidad. Tuve que recurrir a la florería Marsellesa, que estaba ubicada en la calle Boyacá, cerca de la 9 de octubre, en Guayaquil, y pedirle el favor a mi padre para que retire las rosas y las entregue en las manos de Nelly –la osadía en sumo grado–.
Algún mes coincidió en domingo, después de haber agotado mis recursos, la noche anterior en el Rancho, le conté a Allan, mi amigo de tantas madrugadas, que no tenía dinero para comprar las rosas rojas, y él encontró la solución, tampoco tenía dinero pero había visto un rosal en el parque, por el sector ubicado frente al Municipio, celosamente cuidado por el jardinero, tuvimos que distraerlo para poder cortar las rosas y cumplir con mi entrega mensual.
Cuando ella se graduó en el colegio La Inmaculada, en enero de 1974, acudí a su fiesta en la terraza de su casa, con el oculto temor de saber, que seguramente se iría estudiar la universidad a Cuenca, allá tenía su casa y su familia, y presentía lo peor –la inseguridad se manifestaba una vez más–, conversamos y ella confirmó mis temores, sus padres querían que estudie en Cuenca. Con el corazón hecho pedazos la saqué a bailar una canción lenta de Buddy Richard, y allí en la pista de baile, a media luz, le cantaba al oído parte de la canción, –tenía que ser dramático–  
“Sé que esta noche de su boca ya no beberé, /y como un sauce lloraré, /ella ha partido ya, /la soledad me regaló, /guitarra llora conmigo.
Guitarra toca otra vez ahora, /ella se ha ido llevando mis sueños, /no quiso saber de mi dolor, /sé que se ha ido para nunca más volver.
Esta noche a mi ventana la luna no vendrá, /el gorrión también se irá, /y solo moriré de amor, /guitarra acompáñame…”
Era la canción “Guitarra toca otra vez ahora” y cuando terminó, ella tomó una decisión:
–Me quedo a estudiar aquí, en la Universidad Técnica– me dijo, y de repente todo cambió, la luna regresó y sabía que ya no estaría solo.
 
Tres años, tres meses, y comprobamos que queríamos vivir juntos para siempre,  y nos casamos el 7 de agosto de 1976. Todas las 100 cartas que recibí de Nelly en esa época las conservo todavía en la vieja caja metálica de galletas danesas, y pudieron ser unidas con todas las 100 que yo le envié, y que ella guardaba también en otra caja. Algunas veces hemos hablado de quemarlas ya, después de tanto tiempo, pero aún no lo hemos decidido.
 
“…hilaré mi nostalgia de sol que se ha dormido, /en la seda fragante de tu melena rubia.”

martes, 13 de agosto de 2013

Memorias de un jubilado 10 "El Dr. Achi"

Memorias de un jubilado – 10

El Dr. Achi

Cuando se abrió la puerta de la sala de emergencia de la Clínica Kennedy, un doctor preguntó por los familiares de la señora Nelly Wilches,

-Yo soy el esposo - le dije enseguida

Nos hizo pasar, a mí y a mis hijas, para explicarnos la terrible realidad de la situación de Nelly, pedí que pase también mi cuñado Marcelo y Ernesto que acompañaba a mi hija Sole. El Doctor nos explicó cómo debía realizar la operación, tenía que entrar por la arteria de la ingle con un catéter que tiene en su extremo una cámara diminuta que envía todas las imágenes a su computadora, para llegar a las arterias del cerebro que se habían roto, e intentar sellarlas por dentro con una sustancia desconocida para mí, la otra alternativa nos dijo, es la operación desde el exterior, abriendo el cráneo, limpiando la sangre derramada en el cerebro y sellando las arterias, con alto riesgo de causar daños colaterales en el cerebro, pero ese tipo de operación tendría que ser realizada por otro especialista.
Tuve que tomar la decisión en ese instante, la vida de Nelly dependía de eso, no había tiempo para buscar otro especialista y la sola idea de abrir el cráneo me parecía terrible, eran las 2h30 del martes 13 de septiembre del año 2011,

–Doctor pongo la vida de mi esposa en sus manos–

–Yo voy a hacer todo lo que sé, pero la vida de su esposa está en manos de Dios– me respondió.

Él era el neurocirujano Dr. Jimmy Achi, joven, terriblemente joven para nuestra preocupación, de buen tipo, y de un hablar categórico que denotaba un conocimiento profundo, y transmitía confianza, y nos explicó que Nelly había sufrido un aneurisma, con un derrame cerebral gravísimo, y que solamente dos de cada diez personas sobreviven, e inclusive nos dijo que, aún cuando saliera todo bien en la operación, los cinco días siguientes eran de mucho riesgo, pues se puede  provocar un infarto cerebral. Se decidió ingresarla enseguida para el trámite preoperatorio, y se definió la hora de la operación, siete de la mañana, nos dijo que la operación podría durar tres horas.

Por las clases en la UEES decidimos adelantar el cumpleaños de Sole al domingo 4 de septiembre con un almuerzo en los exteriores de nuestra casa en Machala, ella viajó desde Guayaquil con Ernesto, y no podíamos imaginar todo lo que nos tenía preparado el destino después de disfrutar de ese almuerzo en familia. El lunes 5 la llamamos por teléfono para felicitarla otra vez. El martes 6 de septiembre del 2011 fundía con hormigón de Holcim y malla electrosoldada, el patio de la construcción del Dr. Tito Villalta alrededor de la piscina, y en el borde de ésta nos subimos para no interferir con el trabajo de los maestros ni con la tubería que conduce el hormigón, el jacuzzi tiene un desnivel para formar una caída de agua hacia la piscina, mientras estaba conversando con Tito de las necesidades de la construcción para los siguientes días, tropecé en ese desnivel y caí.
Tito intentó alcanzarme pero no pudo, caí de cabeza hasta el fondo de la piscina en construcción  sin hacer ningún movimiento para intentar disminuir el golpe con brazos y piernas –simplemente me dejé caer– En dos ocasiones hemos conversado al respecto, pues no es comprensible que no haya realizado algún intento para evitar o disminuir el golpe, y él se ratifica, que en su criterio, al caer, yo ya estaba inconsciente.
Al despertar he gritado por el dolor –de esto no recuerdo nada, me lo contó Tito– atravesamos la construcción caminando hasta su carro, me ingresó por emergencia en la Clínica de Traumatología de Machala, me realizaron tomografías, radiografías, y no sé qué otros exámenes, y cuando me iban a trasladar a una habitación de la clínica, recobré la conciencia. Recuerdo que el Dr. Veintimilla, traumatólogo, y el Dr. Valarezo, neurólogo, me hablaban y al acomodarme en la cama me dieron el diagnóstico: tenía un derrame cerebral por el golpe a la altura de la sien en el lado derecho de mi cabeza, y la clavícula derecha fracturada, me habían puesto un cuello ortopédico y un inmovilizador en el brazo y debían hacerme, al siguiente día, una encefalografía, existía la posibilidad de que ya no haya más derrame y la sangre pudiera ser reabsorbida por el cerebro, o que la sangre continúe saliendo, provocando un cuadro clínico complicado que tenía que resolverse con una operación al cerebro. Me preguntaron si fumaba, les respondí que no, me preguntaron si bebía, y les respondí con toda sinceridad:

–No tanto como yo quisiera–  

Al siguiente día Tito me dijo, como doctor y como amigo, que sería conveniente que resuelva enseguida si viajaba a Guayaquil para una posible operación en el cerebro, ya que, si el derrame continuaba, los síntomas serían vómitos, fuertes dolores de cabeza, pérdida de la conciencia y hasta coma cerebral, y en Machala no habían los equipos necesarios para una operación al cerebro. La encefalografía realizada ese miércoles dio un resultado positivo, el cuadro clínico no se había agravado, había esperanza de que la sangre sea reabsorbida, y decidí esperar los resultados de los exámenes de los siguientes días. Tuve suerte, el sábado 10 de septiembre, me permitieron ir a mi casa, pero debía regresar el martes para otra tomografía. Jimena y los niños llegaron de Cuenca, mami, de Guayaquil, enseguida que se enteraron del accidente, pero al verme en proceso de recuperación se regresaron el sábado, dejándome ya en casa, sin saber que la historia recién comenzaba.

Ese martes 6 de septiembre Nelly realizaba sus actividades en la casa, cuando escuchó que llamaban a la puerta, era el maestro de obra de la construcción, quien no hallaba la forma de darle la noticia, ella se dio cuenta enseguida que pasaba algo malo, al enterarse corrió hacia la clínica, entró en la habitación, me abrazó, y al conocer el diagnóstico médico, comprendió la gravedad del asunto,  –en ese momento comenzó el problema para Nelly– conociéndola como la conozco, sé que no podía apartar de su mente los riesgos y los temores por una complicación. Ella no podía manejar el carro desde el accidente del 2007, todas las actividades cotidianas se complicaron desde el sábado 10 que regresamos a la casa, el lunes tuvo que ir en taxi para realizar una gestión en el centro, y al final de la tarde, al comisariato para hacer las compras de la semana, cuando sentí que el taxi la dejaba en la puerta con todas las fundas en el suelo, baje para ayudar a ingresarlas y eso provocó una reacción fuerte en ella pues me decía que yo no podía moverme y menos bajar escaleras –es verdad, así lo había dicho el médico–, al llegar la noche me preparó algo para comer y al entrar al dormitorio y ver la luz y la tele apagadas, y yo sentado en mi sillón despierto, se angustió pues supuso que algo no estaba bien, siendo yo un asiduo televidente, dueño absoluto del control remoto.

–Algo te pasa– me dijo, –si estás mal debes volver a la clínica.

–Solamente pretendía descansar, no es para tanto– le contesté enseguida.

Pero si era para tanto y más, Nelly bajó mal, debía tener una presión tremenda en su cerebro, y luego de un momento la escuché quejarse, bajé la escalera y la encontré recostada en un mueble de la sala, quejándose de un fuerte dolor de cabeza, no sabía qué hacer, estaba solo, Marcela había salido al gimnasio y Carlitos se había quedado dormido en su cuarto, como el dolor aumentaba, ella me dijo con voz entrecortada:

–Creo que me va a dar un derrame, llama a un médico, ya no aguanto el dolor de cabeza­–

Llamé de inmediato a Tito y llegó enseguida –gracias a Dios estaba caminando en el parque junto a mi casa, con su esposa Marta– la examinó y se dio cuenta enseguida de la gravedad de la situación, –y me lo dijo– Nelly empezó a vomitar agua, una y otra vez, y ya no respondía, entró enseguida en coma. Llegó Marcela y entre los tres la llevaron al carro para ir a la clínica, nunca en mi vida había sentido tanta desesperación y tanta impotencia pues no podía ayudar con la fractura de mi clavícula, y mi cuello inmovilizado por el derrame. Me vestí como pude y pedí un taxi para ir a la clínica, Nelly estaba inconsciente en la sala de emergencias, le habían hecho una tomografía y se había comprobado el diagnóstico de Tito: aneurisma, un derrame cerebral.  
El Dr. Romero y su esposa, propietarios de la clínica, me estaban esperando, debía llevarla de inmediato a Guayaquil para operarla, en Machala no había los equipos necesarios para esta operación, la Dra. Romero me dijo:

–No pierda tiempo, la ambulancia está lista para llevar a Nelly, podemos llamar por teléfono a un neurocirujano para que esté esperando en la clínica, en estos casos el tiempo puede ser la diferencia entre salvar una vida o perderla–

Mi mundo se me vino abajo, no hay palabras para explicar lo que se siente cuando te dicen que la vida de un ser querido depende de lo que resuelvas, desde la sala de emergencias llamé a Sole a Guayaquil, le expliqué la situación y le pedí que le pregunte al Dr. Intriago, padre de Ernesto, por algún neurocirujano que pueda operar enseguida a Nelly.
Luego cambió mi vida, escuché la voz de un tipo que se imponía entre la de los demás, lo miré y era un desconocido para mí, era una persona robusta, con barba tipo candado, una voz pausada que indicaba conocimiento, autoridad, sentado en una silla de un escritorio, inadvertido entre todos los que estaban en la Sala de Emergencia, de quien nunca supe su nombre aunque me dijeron que era de Guayaquil y que estaba sustituyendo unos días al neurólogo de la clínica, el Dr. Valarezo que estaba en un seminario, fue él quien me dijo:

–No pierda tiempo señor, el Dr. Jimmy Achi puede salvar a su esposa, si usted lo decide yo puedo llamarlo enseguida y pedirle que lo espere en la clínica–

–Hágalo Doctor, dígale que salimos enseguida en la ambulancia– le respondí de inmediato.

Llamé otra vez a Sole, estaba en casa de Ernesto y sus padres confirmaron que el Dr. Achi era el indicado. Recogimos algo de ropa de la casa y regresamos a la clínica, lo habíamos decidido, Marcela viajaría con mi cuñado Marcelo y su hijo, que me acompañaron desde el comienzo, y yo me iría junto a Nelly en la ambulancia
En la puerta de la ambulancia estaba el Dr. Veintimilla, mi traumatólogo, que controlaba mi recuperación por la caída y el derrame, me dijo enseguida:

–Usted no puede viajar, no está en condiciones, debe descansar, el viaje en la ambulancia le puede hacer mucho daño, el golpe en su cabeza es algo serio –

Me despedí de él, sabía que ya no podría regresar a la clínica de Traumatología para la tomografía programada para el siguiente día, y nadie podría prever lo que sucedería después. Eran las doce de la noche, empezaba el martes trece, el viaje fue terrible, nunca me había imaginado todo lo que se siente al ir dentro de una ambulancia y ver que un ser querido está luchando con la muerte. Nelly continuaba en coma, vomitando agua, y en dos ocasiones, el Doctor que la acompañaba hizo parar la ambulancia, para comprobar sus signos vitales. En la segunda ocasión, le preguntó al chofer:

–Cuánto falta para llegar a Guayaquil–

–Unos veinte minutos– le respondió.

–Entonces “sopla”–

La desesperación que me provocaron estas palabras fue tan grande, que allí, en la oscuridad de la ambulancia, en algún lugar de la carretera a Guayaquil, me puse a llorar en silencio, me daba cuenta que Nelly no iba a llegar a la clínica, me puse a pensar en todo lo que habíamos vivido juntos, desde que me atreví a enamorarla en aquel lejano 1973, cosas buenas, y también, cosas malas, le pedí perdón al Señor por todo el daño que le había causado, y le pregunté si podía ayudarnos.
Él permitió que llegue a la Clínica Kennedy, allí nos esperaba el Dr. Achi, enseguida le hicieron tomografías y todos los exámenes necesarios. En la Sala de espera me abracé con Sole y Ernesto, cuando  salíamos de Machala en la ambulancia les avisé a mi madre y a mi hermana, y allí estaban, –conmigo como siempre–  pero además estaban a esa hora de la madrugada, mi sobrina  Mariuxi y John –nunca supe con quién habían dejado a Alexa–, Juan Carlos, mi sobrino, y mis amigos del grupo intimo que tenemos en Machala –más que amigos, hermanos– Panchito y Saharita, y Anita, con su hijo Fernando. Me daba cuenta que no estaba sólo, que iba a tener apoyo para la batalla que recién empezaba.

Como el Dr. Achi nos indicó que la operación iba a ser a las siete de la mañana y que iba a durar tres horas, les pedí a todos que se retiren a sus casas, que allí, no se podía hacer nada más que esperar, y que mejor regresen a media mañana para conocer los resultados de la operación. Nadie se movió de su puesto, todos se quedaron acompañándome, y pude valorar lo que es la solidaridad, y cuanto sirve en los momentos de mayor sufrimiento.
Cuando ingresaron a Nelly a la Sala de operación, no podía saber si iba a volver a verla con vida, y en ese momento me quebré, ya no podía más, había tratado de mantener la compostura en todo momento, pero ya no podía más, y allí, delante de todos, me abracé con mis hijas y les dije llorando:

–Yo no sé si pueda vivir sin Nelly–

Mi madre y mis hijas me llevaron a la capilla de la clínica, y en ese silencio tan especial que tienen las casas de oración, pude hablar con el Señor, le expliqué que por segunda vez me arrodillaba ante Él para pedirle que todavía no se lleve a mi esposa, que nos permita seguir un “ratito más”  juntos, y que, el resto de nuestras vidas queríamos vivirlo en paz, glorificando su nombre. Yo creo que Él aceptó el pacto, y se manifestó enseguida.
En la mitad del tiempo programado para la operación, se presentó el Dr. Achi ante todos nosotros con una sonrisa en su rostro, y reflejando una paz en su mirada, y nos dijo:

–La operación fue un éxito total, se pudo sellar las arterias del cerebro que habían explotado–

La emoción que se sintió al escuchar ésto, podría definir la felicidad, me abracé con mis hijas llorando, y vi, por encima del hombro de una de ellas, que en un rincón de esa sala, sentado en el suelo, mi sobrino Juan Carlos también lloraba en silencio.

­– ¡Nunca podré olvidar las lágrimas de felicidad que provocó la sonrisa del Dr. Achi! –

En ese mismo día, martes 13 de septiembre del 2011, mis hijas le pidieron al Dr. Achi, después de la operación, cerca del mediodía, que autorice una tomografía para evaluar mi derrame, si disminuía o aumentaba, se pidió a la Clínica de Traumatología de Machala que envíe por internet las tomografías anteriores, después de todo el trámite, el doctor simplemente me dijo que yo estaba fuera de peligro, que la sangre derramada estaba siendo reabsorbida, pero que una de las arterias de la parte posterior de mi cabeza, tenía una mala conformación, por lo que era un riesgo potencial para el futuro –seguramente esa será otra historia–

Los días siguientes fueron de mucha tensión, en la sala de cuidados intensivos le administraban medicina por los sueros, para disminuir el riesgo de un infarto cerebral, nos permitían a tres familiares ingresar a verla, diez minutos cada uno, en la mañana y en la tarde, con horarios estrictos,  y toda nuestra vida, se redujo a eso, a esperar esos diez minutos para verla, al igual que todos los familiares de los pacientes que estaban en la amplia sala de cuidados intensivos. Allí adentro, con las camas alineadas una cerca de la otra, se podían conocer las angustias y los pesares de otras familias, y también las tragedias cuando algún paciente fallecía o no salía del coma, y los familiares le hablaban al oído, bajito, para buscar un contacto con su mente, y el contacto no se producía, como sucedió con el paciente que estaba junto a Nelly.
Al comienzo Nelly estaba inconsciente y sólo podíamos verla, en el segundo día, cuando despertó, nos habló, creía que estaba en Machala, en la Clínica de Traumatología, tuve que explicarle todo, lo más calmado posible, al menos, todo lo que podía contarle tratando de no afectar su recuperación. En ese segundo día llegaron de Cuenca las hermanas de Nelly, Ruth y Mónica con su esposo Gustavo, y trajeron a mi hija Jimena.
El resto del tiempo lo pasábamos en las salas de espera, en dónde, generalmente, no alcanzaban las sillas. Recibimos visitas de todos nuestros familiares y amigos preocupados por la salud de Nelly, llegaron Carlos y Priscilla Henríquez, no los había visto en mucho tiempo, desde que vivíamos en Guayaquil, y al saber que Nelly estaba en cuidados intensivos y al verme con el cuello ortopédico y el inmovilizador en el brazo, pensó Priscilla que habíamos sufrido un accidente. Recibía llamadas todo el tiempo de Cuenca, Machala, Quito, preguntando como seguía, y a todos se les explicaba del riesgo de los cinco días siguientes a la operación, y allí empezó otra historia.

Mi hermana Patricia recibió la llamada de las Madres Carmelitas del Claustro de Machala, quienes le indicaron que estaban orando por Nelly, día y noche, y se unieron en oración amigos, familiares, personas desconocidas, muchísimas personas  –conocimos después– hacían “cadenas de oración“, grupos de oración en donde la mayoría, tal vez ni la conocían, pero oraban por ella. ¿Cómo cuantificar esta acción? ¿Cómo saber a quiénes agradecer? ¿Cómo apreciar en justa medida la solidaridad humana? Dentro de todo el sufrimiento que nos tocó vivir, y a pesar de la incertidumbre de no saber qué pasaría después, de haber tenido la duda constante de pensar si Nelly iba a quedar con defectos físicos, como es común en estos casos, nos quedó la satisfacción de haber tenido a nuestro lado todo el apoyo que nos podían dar nuestros familiares y amigos, y todas las oraciones que nos brindaron anónimos personajes,  unidos por una causa espiritual, que se constituyó en una fuerza tan grande que el Señor la vio con buenos ojos, y el Señor responde a la oración, y lo hizo de la mejor manera.

Nelly pudo pasar los cinco días de mayor riesgo y empezó su recuperación, y estando aún en la sala de cuidados intensivos, empezó a quejarse de que le llevaban muy tarde el desayuno –era un buen síntoma– El jueves 22 de septiembre la pasaron a una habitación, y desde luego –no podía ser de otra manera– la acompañé todo el tiempo, día y noche, y como seguía quejándose por la tardanza en el desayuno, decidí llenar la refrigeradora pequeña del cuarto, con todo lo que le provocaba comer, y así tuvimos desayunos a las horas más inusuales, tres, cuatro, cinco de la mañana, a la hora que le provocaba,  y desayunaba ella y desayunaba yo, de manera que empecé a comprar también las cosas que a mí me gustaban, como la leche de chocolate y las galletas de chocolate.  –En uno de esos días sin fecha, mi sobrino Arturo Javier me llevó una caja de chocolates con manjar de La Bonbonniere, que traté de esconderlas para disfrutarlas como un placer solitario en la madrugada, pero todo fue inútil, se acabaron enseguida–
En la mañana siguiente llamó nuestra amiga Anita, para contarnos que el Padre Camilo iba a visitar a Nelly, llegó muy temprano al siguiente día, era el sábado 24 de septiembre, y después de conocer las dos historias y de ver que estábamos en buenas condiciones, nos dijo:  

–Algo grande espera el Señor de Ustedes– y nos dio la bendición en la frente después de hablar con Nelly y de hacerla orar.

El Dr. Achi le dio el alta el lunes 26, indicándole que debía evaluarla al mes de la operación, en su consultorio de la Kennedy de La Alborada, pero recién pudimos salir el miércoles 28 de septiembre al final de la tarde, cuando la compañía de seguros envió la Carta de Crédito para cubrir todos los gastos. Fuimos al departamento de Central Park, y como coincidió con la reunión mensual de mis compañeros de la Promoción XXII del San José-La Salle –último miércoles de cada mes en la parrillada El Ñato, de Urdesa– les pedí a Jimena y Sole que acompañen a Nelly hasta mi regreso, y me fui a desestresar con mis amigos.

El jueves 13 de octubre la llevé al consultorio del doctor, la evaluó y la dio el alta definitiva permitiéndole viajar a Machala al siguiente día, viernes 14 de octubre del 2011. En esa consulta aproveché para hacerle una pregunta íntima, y personal,  y su respuesta también es íntima y personal, y continuará siendo así.

En Machala solicité una Misa de Acción de Gracias en la Capilla de las Madres Carmelitas y le pedí al Padre Jaime, que en la recuperación después del accidente del 2007, había ayudado tanto a Nelly, que oficiara la misa. Después de conocer las dos historias, el Padre Jaime también nos dijo:

–El Señor espera mucho de Ustedes–

En esa misa pude agradecer públicamente al Señor, y también a las Madres Carmelitas y a todas las personas que nos habían acompañado o que habían orado por la recuperación de Nelly, y pude agradecer a mi amigo el Dr. Tito Villalta, que nos atendió a los dos en forma oportuna, y nos trasladó a los dos a la clínica en su vehículo, con tan sólo una semana de separación, y desde luego, al Dr. Achi, que puede realizar esas operaciones maravillosas con tanta ciencia pero sabiendo que la vida de sus pacientes está en manos de Dios y que es Él quien guía su mano.

Cuando se cumplió el año de la operación, acudimos a la consulta con el Dr. Achi y le pedimos autorización para viajar a New York, y la concedió, señal de que Nelly estaba bien, nos dijo que no había ningún riesgo, más allá del que tiene cualquier persona sana. El 15 de abril del 2013, el Dr. Achi –al año y medio del derrame– debió realizarle otra operación a Nelly, exactamente igual a la primera, vía cateterismo pero sólo para comprobar por dentro el estado en que se encontraban las dos arterias del cerebro que habían sido selladas, chequeó dos más, los resultados fueron excelentes.  

Hace pocos días, casi a los dos años de la operación pudimos celebrar nuestro aniversario 37, en las profundidades de unas termas subterráneas, donde se respira una paz increíble y en donde se aprecia en sumo grado el solo hecho de respirar, quedando esos duros momentos como un recuerdo en el blog de las memorias de un jubilado.

"La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla"

Gabriel García Márquez

sábado, 27 de julio de 2013


Memorias de un jubilado – 09

La fuente que se rompió

–Javier, se me rompió la fuente–
–Mañana vamos a la “Bahía” y compramos otra, ahora déjame dormir que falta poco para que suene el despertador–
El despertador sonó a las 6h30, y debí levantarme enseguida para llevar a mis hijas, Jimena y Marcela, al Principito. Cuando regresé, Nelly me esperaba lista con la maleta para que la lleve a la clínica, iba a nacer Sole, era el miércoles 5 de septiembre de 1990. La lamentable situación en que me encontraba por el exceso de alcohol en mi sangre, me impidió entender, de manera oportuna, a qué fuente se refería Nelly y contesté de la manera más banal que podía. Años después me confesó que había pensado irse sola en un taxi a la clínica, antes de que yo regrese, –tal era la rabia que tenía, por mi prolongada farra sin considerar su delicado estado– para desquitarse causándome una preocupación, ella me imaginaba buscándola por toda la casa y aumentando progresivamente mi chuchaqui.

La noche anterior celebraba su cumpleaños mi primo Claudio y no podía faltar a su fiesta, pero Nelly se había excusado, pues había cumplido ya las semanas del embarazo y podía dar a luz en cualquier momento, con un poco de desgano me dijo:
–Anda vos, y vuelve temprano–
Le dije enseguida que sí, sabiendo que no iba a cumplir.
Esa noche nos reencontramos algunos amigos de la juventud, y resultaba comprensible que nos excediéramos en el consumo del whisky, como antes, como cuando éramos “Indomables”, como cuando éramos libres cual hoja seca que arrastra el viento en su balada de otoño. Me quedé hasta el final de la reunión, – ¡Saludemos gozosos la aurora que anuncia libertad…! – y con unas cuantas copas de más, me retiré a mi casa alrededor de las tres de la mañana. El chuchaqui hubiese sido normal, pero la circunstancia de tener que ir a la clínica, con Nelly en trabajo de parto natural, lo incrementó a la enésima potencia.
La clínica estaba cerca, en la misma vía al puerto en donde vivíamos en esa época, era la clínica del Dr. Segundo Córdova, amigo pero no pariente, enseguida atendieron a Nelly y la prepararon para el trabajo que se venía. Desde que ingresamos y hablamos con el doctor, mi mente estaba concentrada básicamente en  buscar un lugar en dónde descansar la mala noche, pero no iba a ser tan fácil, de alguna manera tenía que pagar mis excesos.
Por una extraña razón la noticia se extendió rápido por Machala, lamentablemente, antes de mi recuperación, y cuando aún me encontraba buscando el lugar adecuado para dormir, llegaron familiares y amigas, a quienes debía atender, tratando de poner buena cara, aunque eso sea difícil, especialmente en esos momentos. Las contracciones iban en aumento, quizá al mismo ritmo que aumentaban mis latidos cardiacos y mi presión arterial, y en un momento de descuido de familiares y amigas, –y especialmente de las enfermeras– ingresé a un quirófano desocupado, y me acomodé plácidamente, calculando que, hasta que Nelly dé a luz, yo estaría recuperado.
Craso error, cuando estaba cerrando los ojos, empecé a escuchar una frase entonada por mis amigas, Saharita, Paty, Priscilla, Janeth, que no he podido sacar de la memoria, dada la intensidad con que se repetía, la buena voluntad con que se la decía, y el deterioro paulatino de mi condición:
– ¡Puja, Nelly, puja! –
– ¡Puja, Nelly, puja! –
Nunca supe si a Nelly le afectó de alguna manera en su trabajo para el parto natural, o si tal vez los dolores opacaban la barra que le hacían las amigas, pero si estoy seguro, que a mí me afectó profundamente pues no me permitió recuperarme, y por el contrario incrementó mis malestares, era un sumatorio de factores negativos: las preocupaciones por el parto, más los malestares por el exceso de la bebida, y más la barra repetitiva que a viva voz decían las amigas. Recuerdo que decidí levantarme del quirófano, diciendo:
– ¡Nunca más vuelvo a tomar! –
Todas mis dolencias continuaron hasta el momento en que me avisaron que había nacido Sole, que ambas –Nelly y Sole– estaban bien, y en el instante mismo, en que pude tenerla entre mis brazos todos los malestares desaparecieron. –“Se había terminado la culpa, había funcionado la magia”–
Confieso que en ese momento pensé que sería apropiado abrir una botella de whisky para celebrar como Dios manda, pero no había tenido tiempo ni fuerzas para encargarme de eso, antes de ir a la clínica, y quedó el asunto para otra ocasión. Mi padre había ido a la escuela a retirar a Jimena y a Marcela para llevarlas a la clínica, y allí, en ese lugar, en algún sector de la vía a Puerto Bolívar en esa época todavía con el olor del lodo y el manglar, pude ver mi existencia completa, con mi esposa, mis tres hijas, mis familiares y mis amigos, y pensé que El Señor me favorecía, incluso había desaparecido mi chuchaqui.

Diez años atrás, el 8 de enero de 1980, había nacido Jimena, vivíamos en casa de mi suegro, el Dr. Wilches, hasta construir nuestra primera casa en la vía al puerto, habíamos regresado de Guayaquil en 1979, con el título bajo el brazo, y con un contrato en Autoridad Portuaria como Supervisor en la construcción del Muelle Marginal. Junto a la casa de mi suegro estaba la Clínica Wilches, con una puerta interior que las comunicaba. Había decidido acompañar a Nelly en su primer parto, sosteniendo sus manos con mis manos y resistiendo con fuerza las uñas que me clavaba mientras me gritaba, –seguramente pensaba, y con razón, que yo era el causante de sus males–  hasta que el Dr. Wilches anunció que ya iba a salir, creo que la expresión que utilizo fue –está coronando– y antes de causar problemas en la sala, pues sentía debilidad en las piernas y una angustia en el corazón, en un descuido de Nelly solté sus manos, tomé el corredor de la clínica, crucé la puerta, y me abandoné en la sala de la casa hasta que me avisaron que podía ir a verlas.   – La impresión era muy fuerte para un espíritu tan débil –

La presión que significó para mi suegro traer al mundo a su primera nieta le provocó un malestar en todo el cuerpo, durante tres días casi no podía caminar por los dolores en las piernas, de manera que, dos años después, cuando iba a nacer Marcela, el 27 de abril de 1982, la familia le recomendó buscar a un amigo para que intervenga en el parto. Y así se hizo, con un pequeño inconveniente que no fue considerado, que se eligió al Dr. Vinicio Díaz, íntimo amigo de mi suegro, y ambos, conversadores por excelencia y contadores de cachos, de tal manera que, intentando yo, otra vez, acompañar a Nelly durante todo el parto, no pude resistir que, mientras Nelly gritaba y me clavaba las uñas en mis manos, –quizás, nuevamente con el sentimiento de desquitarse por considerarme culpable de tenerla en esa situación– los dos doctores estaban muertos de risa contando cacho tras cacho, que a mí no me hacían ninguna gracia, y estoy seguro que a Nelly tampoco, razón por la cual tuve que retirarme nuevamente, pues no había forma de cambiar la situación, no me atrevía a decirles, aunque quería, –Doctores, por favor, concéntrense en su trabajo– o tal vez decirles – cómo pueden estar contando cachos en una situación como ésta?–

Tres partos con suerte, cada uno con un recuerdo, tres hijas magníficas que me dio el Señor, como para enfrentar la vida hasta el final junto a Nelly, con estas memorias de una vida plena.

 Hoy en la tarde, mientras escribía este blog, llamé a mis amigas para comprobar mi memoria del grito – ¡Puja Nelly, puja! – pero no fue posible, ni Saharita ni Paty lo recuerdan, me dijeron que no se acordaban ni de lo que habían hecho ayer –Qué memoria, Dios mío, candidatas al alemán–. Pero Nelly si lo recuerda y yo lo tengo clavado en mi memoria, de manera que lo doy por un hecho cierto.

"La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla"

Gabriel García Márquez